Las castañuelas de Alba Olmedo encienden La Guajira

Las castañuelas de Alba Olmedo encienden La Guajira

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Alba Olmedo.
Alba Olmedo.

En una de esas casas humildes, pequeñas y antiguas a los pies de la Alcazaba se sitúa La Guajira, un refugio para la cultura que en las noches de verano llena de música el barrio desde su terraza custodiada por la fortaleza árabe. Sin telón de terciopelo, ni alfombra roja los artistas suben al escenario. La bailaora marbellí Alba Olmedo derrochó arte por los cuatro costaos a ratos pícara, fuerte, seductora…una flamenca que rodeada de amigos hizo los delirios del público el pasado miércoles. Crónica de Melanie Lupiáñez.

La complicidad entre los artistas se palpaba en el ambiente, una atmósfera que favorece ese pequeña terraza donde si te situabas en primera fila podías escuchar la respiración agitada de Olmedo, un privilegio compartir el sentir de quienes pisan las tablas.

La cantaora gaditana “La Samarona” repartía gracia y salero, lo mismo se arrancaba a bailar que interpretaba una soleá con sentimiento y pasión. Pues cantaba y decía la letra, de manera que las palabras retumbaran en aquellos oídos que tan atentos la escucharon, a capela y sin micrófono.

La guitarra también tuvo su protagonismo en las manos de David “El Marqués” que hizo al público entrar en calor y acompañó con sutil delicadeza toda la velada avivando el fuego cuando era necesario. Notas que engrandecían a la bailaora y ponían música a las palabras de La Samarona, pero que también callaban porque cualquier melodía quedaba como un adorno prescindible. Uno de esos momentos fue hacia el final cuando Alba Olmedo se sentó en una silla de anea con las castañuelas y le dio una vuelta a este instrumento tan tradicional del folclore, que le dieron aún más fuerza y espectacularidad a su danza.

Una bailaora que se hacía grande por sus brazos, sus gestos, su zapateado y la combinación de los movimientos más tradicionales del flamenco con otros propios de la danza contemporánea. Olmedo se hizo con el público almeriense y con rumba y gracia se despidieron, bailando entre los espectadores que en pie acompañaban el compás con palmas y se deshaciéndose en vítores.

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