
Recuerdo una fiesta con unos amigos que ya apenas veo y a los que quise con esmero. Recuerdo que andábamos cortitos de vasos y uno de ellos apareció con un porrón que sacó de nadie supo dónde. El vino se volcó por el agarradero y al final, sobraron los pocos vasos que quedaban. Todos bebimos del porrón y llegó a convertirse en el protagonista de la fiesta. Algunos enfangados porque no sabían pararlo y otros por su desatino, pero el porrón circuló a destajo y a pesar de llenarse reiteradamente durante toda la noche, sin duda fue la fiesta en la que menos cantidad de vino he ingerido en mi vida. Imagino que en total, no llegaría a tomar ni un par de copas, y en cambio, todos nos fuimos satisfechos y completamente serenos para la piltra (cada uno a la suya, claro).