La llegada a la playa de Torre García de una ballena muerta ha vuelto a dejar en pelotas a nuestros egregios gobernantes. Obsesionados con despellejar al contrario; obstinados en abonar el terreno para las próximas elecciones; agazapados en sus despachos por el bochorno de las corruptelas, abandonan sus obligaciones ignorando las necesidades de su entorno mientras se doctoran en cinismo e incapacidad.

Desde casi el amanecer hasta media mañana un pequeño grupo (cinco personas) de voluntarios ecologistas intentaban infructuosamente sacar del mar al desafortunado animal y, al mismo tiempo, cortarle unas decenas de kilos me imagino que para su postrer análisis. En la playa, medio enterradas sus ruedas en la arena, un cuatro por cuatro tensaba una maroma para que la ballena no se separara de la orilla.